Secretos de campo

Fabricio Fernández, DNI 23.832.218

GENERAL ROCA

Cuando descendieron al costado de la ruta 152 a unos pocos kilómetros de la localidad de Lihuel Calel, la sensación bajo el cielo ya casi oscuro fue un tanto rara.

Las leyendas que rondaban por esa zona iban desde luces malas en medio del campo, apariciones de duendes, la bruja bajo el caldén y también historias sobre avistajes de ovnis.

Detenerse por algunos minutos fue necesario ya que necesitaban caminar un poco, orinar, estirar la espalda y algunos del grupo prender con ansias un cigarrillo.

La oscuridad total en medio de la nada se hizo inminente.

El monte se alejó de las pupilas. Mes de junio. Frío. Solo la pitada era un punto rojo en tanta soledad. En escasos segundos se quemó todo el papel del cigarrillo y la chispa del encendedor dejó de funcionar. Raro.

Silencio absoluto. De repente aparecieron risas en el aire que ninguno dedujo de donde provenían.

Habrían pasado apenas diez minutos y la decisión de continuar fue al unísono.

La camioneta no encendió. Raro.

Luego de empujar un gran tramo no hubo respuesta. El frío se cortaba con nervios y gritos entre ellos porque no entendían la situación.

El miedo daba vueltas en el lugar y el vaho creaba siluetas en el aire. Eran cuatro amigos y una noche sin luna. Amigos de esos que en cada conversación de asados, pesca o caza se llevan el mundo por delante. Todos con el cartel del más guapo. Pero en ese momento la rudeza dio lugar a nudos en las gargantas.

Las risas se alejaron con una helada ráfaga que también azotó hundiendo el lateral de la camioneta.

Nadie pensó en bajarse. Dos miraban para uno de los costados y los otros hacia el lado contrario vigilando por si alguien se acercaba a hacerles daño.

Daño habían hecho ellos, horas antes, al disparar contra una manada de pequeños ñandúes sin intenciones de cazar para alimentarse, solo por recreación, solo para afinar sus punterías. Cartuchos por todos lados. Una del 16 y una carabina del 22 a repetición hicieron estragos. Plumas y pinceladas rojas adornaron las jarillas. Luego, los lugareños zorros se encargarían de ir limpiando el terreno.

Pero bueno, ahí estaban, dejando correr los minutos, inquietos, con los vidrios empañados.

Bajarse y comenzar a caminar no fue del todo buena idea. La banquina se transformó en un pantano putrefacto, con espinas de alpatacos flotando. El asfalto en una alfombra llena de arañas y serpientes.

Desesperación.

El frío endureció sus articulaciones y congeló sus lenguas. Titubearon de rodillas, suplicando con gestos al vacío.

Intentaron arrastrarse por el monte, pero las manos agrietadas iban dejando la piel en el helado verdín y ya no pudieron avanzar. Las huellas de sangre dibujaron un sendero con olor a muerte y una lechuza no contuvo su risa.

Exhaustos fueron quedando dormidos y decenas de ojos brillosos espiaron entre alpatacos.

Al amanecer, al festín de los zorros, se sumaron hambrientos jotes.


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