La psicología y la elección
Es consigna rutinaria en los EEUU verificar antes de las elecciones la personalidad de los candidatos, a partir de la elaboración de perfiles psicológicos que circulan entre los ciudadanos casi como las encuestas de opinión. Más allá de los planes de gobierno, ése es un elemento más para valorar al postulante en relación a su construcción mental, especialmente para pulsar si quien estará a cargo de la Casa Blanca va a saber discernir con sangre fría si el país y el mundo se embarcan o no en una guerra sin retorno.
El ejemplo es extremo, desde ya, pero a ese rasgo de identidad se le suman en la valoración otros que terminan definiendo la silueta de cada candidato, al que se le agregan cuestiones de temperamento y de carácter. En esa evaluación tan común para entregarle por cuatro años la Presidencia a un ciudadano inciden también sus aptitudes, conductas y las actitudes que se presentan con cierta estabilidad en cada candidato, limitantes que, si son circunstancias patológicas, los invalida automáticamente para ejercer adecuadamente el cargo, tomar decisiones y cumplir roles específicos.
En la Argentina no es así y menos en momentos en que la urgencia se lleva todo por delante. En general, aquí la ciudadanía está acostumbrada a mirar la superficie, los fogonazos del discurso o si, debido a la moda del momento, podrá cada uno votar a ganador para gratificarse.
Probablemente, muchos suponen también que, de esa forma, se diluye en parte la responsabilidad y que así se podría justificar un eventual error de apreciación a la hora de elegir.
Ni en el mundo ni aquí hay candidatos perfectos, pero si se trazan paralelos bien gruesos, los tres principales que irán por la Presidencia en octubre en la Argentina son más que hábiles para observar de dónde viene el viento y para acomodar las velas. Para muchos, esta cualidad es pragmatismo puro, propio de cualquier político que se adapta a la realidad, aunque para otros más detallistas, los virajes son un signo de falta de convicciones.
A Sergio Massa lo persigue su permanente deseo de figurar, aún que sea con la venta de “humo”, tal como lo han encasillado, mientras que Patricia Bullrich se enreda demasiado en temas técnicos que la dejan pagando. A ninguno de los dos los ayudan sus currículums, los que muestran sin tapujos los saltos de veredas políticas a través de los años. En ese último aspecto, Javier Milei es virgen aún, pero es quien presenta más que ningún otro esos desvíos que la sociedad de los argentinos no está acostumbrada a evaluar o que, al menos, considera folclóricos: los problemas de equilibrio mental.
En ese sentido, el candidato libertario ha sido el más vapuleado en los últimos días debido a su personalidad extrovertida, a veces fantasiosa y en otras agresiva. Sus compañeros del secundario lo recuerdan cariñosamente como “el loco Milei” y ahora ha tenido que soportar cómo publicaciones internacionales, que consideran trascendentes los rasgos de su psicología, lo han llamado “intemperante, imprudente y extravagante”, entre otras cosas. Podría sumarse su intolerancia, característica bastante negativa para un liberal que resiste las preguntas de la prensa y que explota cuando no van para el lado que él desea.
En tren de verificar sus rasgos sicológicos, ha de notarse que muchas de sus provocaciones a veces lindan lo patético. Por ejemplo, redobló la apuesta con un comentario que sonó a insulto para quienes tienen que atender sus múltiples dramas económicos de hoy. “En 35 años seremos potencia”, dijo y más allá de la frase de Keynes sobre que en el largo plazo “estaremos todos muertos”, el candidato se olvidó de aclarar qué hará con los sobrevivientes si hay naufragio.
No se puede descartar tampoco que una ira no resuelta, ya sea porque la Justicia frena sus intenciones o porque no va a tener los votos en el Congreso, lo desenfoque y se olvide de las instituciones para ir “por todo”. Esa presunción de falta de equilibrio, que haría saltar un populismo para que llegue otro tan autoritario como el que se va, también se penaliza con el pulgar para abajo en otros países que tienen menos urgencias.
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