El lejano oeste de las redes sociales

Por Fabián Bergero*


La viralización de una versión en Facebook terminó con el asesinato colectivo de un hombre en Centenario, quien aun no había comenzado a ser investigado. A quienes crearon y alimentaron esa versión no les importó la realidad: se basaron en lo que creían.


En las redes sociales los hechos falsos viajan a mayor velocidad e impactan con más profundidad que las noticias verdaderas. Hay algunos estudios científicos que dicen que una mentira en Twitter puede ir hasta seis veces más rápido que una noticia verdadera. El problema no es solo la velocidad, sino también el contenido y sus consecuencias.

Sumemos a ello el hecho de que quien emite la información ya no es un medio o periodista que distribuye noticias a un público amplio, heterogéneo y disperso, sino que cada una y cada uno de nosotros somos productores y distribuidores de contenidos (al sociólogo Manuel Castells le gusta hablar de la autocomunicación de masas). También puede ser un bot, pero ese es otro tema.

Agreguemos un tercer elemento: que en las redes cada quien publica lo que quiere, piensa, opina o crea para una comunidad de seguidores y seguidoras que por algún motivo lo son. Podríamos hablar de una comunidad de afectos, de ideología, de cercanía o de creencias, entre otras tantas afinidades.

Y un cuarto ingrediente: eso que publicamos no tiene por qué ser cierto. No hay exigencia de verdad, ni control -sobre todo cuando quienes emiten están en la categoría de gente ignota-, ni muchas responsabilidades ulteriores que digamos. Puede ser algo que creemos que es así. No necesitamos pruebas (recordemos que “posverdad” fue la palabra del año según el diccionario de Oxford en 2016). En este razonamiento, eso que sentimos es más importante que los hechos.

¿Qué pasa del lado de quienes reciben esa información? La gente tiende a creer que esas noticias que recibe son verdaderas en la medida en que se ajustan a, por ejemplo, sus propias ideas, creencias, sensaciones u opiniones.

Si alguien dice que Cristina Fernández se robó un PBI y nosotros pensamos que es así, lo vamos a creer. Aun sin tener ni la más remota idea de cuánta plata es un PBI. Aun si la Justicia logra o no demostrarlo. Hoy, para mucha gente, esa idea forma parte del repertorio de verdades absolutas de la argentina.

Porque coincide con lo que pienso, porque es lo que yo siempre dije, porque lo dicen en la tele, porque me llegó un video en un grupo de Whatsapp que dice lo mismo, porque en casa se comenta, porque mis amigues lo confirman o porque lo leí en una nota que está escrita como si la hubiera redactado yo. Entonces, elijo creer que es así.

Si la noticia fuera otra (que CFK no se robó un PBI) elegiré no creerle porque no se ajusta a toda esa carga previa y a ese universo creado por mí en mis redes, en mi web, en los medios que consumo.

La investigadora Guadalupe Nogues dice -en un maravilloso libro titulado “Pensar con otros”- que elegir los hechos que apoyan nuestras posturas previas es como elegir cerezas. Siguiendo su razonamiento, nos encontramos con hechos basados en opiniones, y no a la inversa.

Como decíamos al principio, “eso” que se publica (me niego a llamarlo noticia) tiene consecuencias. Su distribución afecta a otra gente. Hay quienes tienen espaldas y herramientas para soportarlo porque eligieron la vida pública o porque eligieron hacer pública su vida. Pero hay quienes ni siquiera tienen chances de desmentirlo, como si tal cosa valiera la pena.

Mientras estos hechos discurran en el plano discursivo podría pensarse que no hay demasiado problema. Pero cuando se traslada al mundo de la realidad la cosa cambia.

La viralización de una versión en Facebook terminó con el asesinato colectivo de un hombre en Centenario, quien aun no había comenzado a ser investigado por la Justicia.

A quienes crearon y alimentaron esa versión no les importó la realidad: se basaron en lo que creían que había pasado y en lo que sospechaban o presuponían. Ese hombre ya no será investigado. Los autores materiales del incendio que derivó en su muerte sí.

Y quienes crearon y alimentaron las versiones seguirán difundiendo libremente lo que crean en el lejano oeste de las redes sociales.

* Periodista y docente, magíster en Periodismo y Medios de Comunicación UNLP


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