Cristina tensa la cuerda sin plan alternativo


No habrá retroceso, ni vergüenza para aplicar una táctica elemental de supervivencia: ningún funcionario de Cristina renunciará a su cargo en las cajas estatales más nutridas.


Si como dice Alberto Fernández la Argentina necesita sacar sus utopías del pasado y volver a ponerlas en el futuro, su Gobierno acaba de recibir un par de advertencias severas.

La primera es de autoría de Cristina Kirchner. La vicepresidenta es la principal impulsora en el oficialismo de una utopía anclada en el ayer. Tras su reciente deserción en el Senado, la vicepresidenta lanzó una nueva ofensiva contra el Presidente. Opuso a la decisión del Parlamento, institución emblemática de la democracia representativa, una masiva movilización callejera. Democracia plebiscitaria.

Como la manifestación fue montada sobre la memoria de la última dictadura, el discurso dominante puso en línea la violencia brutal de los dictadores con las políticas de ajuste convenidas con el FMI. Una línea de continuidad entre José Alfredo Martínez de Hoz y Mauricio Macri. ¿Concluye allí la comparación? ¿O le sugiere hasta al más desprevenido que Alberto Fernández ya está sentado en el umbral de los réprobos?

La utopía retrospectiva que promueve el kirchnerismo adquiere en ese caso otra connotación. En esa segunda voluta hacia el pasado, la marcha desde la Esma a la Plaza de Mayo es la utopía de un regreso para recordarle al peronismo extraviado en la Casa Rosada -como en 1974, antes de la muerte de Perón- que el proyecto estratégico sólo admite distribución y jamás puede incluir un ajuste. Y que no habrá retroceso, ni vergüenza alguna, para aplicar con ese objetivo una táctica elemental de supervivencia: ningún funcionario de Cristina renunciará a su cargo en las cajas estatales más nutridas del país.

No por impúdico es inocuo ese foquismo presupuestívoro. Alcanza espacios de políticas públicas que exponen al país a situaciones de alto riesgo. Es de primer orden la gravedad de lo ocurrido en la Cancillería en torno a la posición argentina en Naciones Unidas por el conflicto en Ucrania. Allí, el vicecanciller, Pablo Tettamanti, dio instrucciones sobre el tema más sensible de la diplomacia global en contra de lo resuelto por el canciller Santiago Cafiero. Tettamanti sigue en el cargo. Esperará que lo despidan en inglés.

La segunda advertencia que le llegó al presidente vino con lujo de detalles en el documento técnico del FMI que acompañó la aprobación del acuerdo de novación de la deuda.


Los daños colaterales de la guerra en Ucrania obligarán al FMI y a la Argentina a anticipar la primera revisión del programa. Una revisión técnica para recalibrar objetivos.


Si Alberto Fernández quiere que la utopía argentina vuelva a su lugar natural, que es el futuro, tiene por delante una urgencia de cortísimo plazo: el acuerdo recién nacido, que todavía genera reproches retrospectivos en su coalición, envejeció de manera prematura por el contexto global.

Los daños colaterales de la guerra en Ucrania obligarán al FMI y a la Argentina a anticipar la primera revisión del programa. Una revisión técnica para recalibrar objetivos. El documento ya es en sí mismo una primera revisión política. Señala los riesgos “excepcionalmente altos” que genera la inestabilidad política existente en el país. Con la falta de consenso interno en el Gobierno para cumplir lo acordado, como acechanza más evidente.

De tanto insistir Cristina con su discurso de profecía autocumplida de que el acuerdo con el Fondo equivale a una amenaza de default inminente cada vez que se revisen los números del trimestre, el Fondo Monetario ha respondido que esa percepción genera consecuencias reales. La primera: acortar el trimestre. Delicias del pragmatismo.

La contradicción central de Cristina (no quiere asumir el costo del acuerdo; tampoco asumir el costo del default) es la que explica su silencio y su deserción parlamentaria. Lo único que esplende en esa cápsula caprichosa es la ausencia de un programa alternativo. La ineptitud de la Casa Rosada ilumina con intensidad esa carencia. Tampoco la movilización callejera puede rellenar ese vacío. Así como en el aforismo cien liebres no hacen un caballo; cuatro consignas tampoco hacen un programa.

Ocurre en ese orden de las ideas como en aquella controversia de los antiguos sobre el movimiento metafísico del ser. Diógenes, el filósofo cínico, se puso a caminar diciendo: «El movimiento se demuestra andando». Siglos después, Hegel completó la anécdota: el maestro de Diógenes le tiró al discípulo un bastonazo. Porque ese no es modo de refutar.


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